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El niño y el plan de salvación

por Betty S. de Constance

Artículo 3 de 5

©2001 Fundación  Alianza

 

¿Hay alguna manera de evitar el uso de símbolos en la evangelización de los niños?

Un niño de cinco años de edad había respondido a la invitación evangelística que le hizo la maestra de recibir a Cristo en su corazón. El niño oró pidiendo que Jesús viniera a vivir en su corazón. Tiempo después le hizo una pregunta a su madre.

-Mamá -exclamó el niño-, si yo corro muy rápido y me paro de golpe, ¿Jesús se cae?

 Sorprendida, la madre se rió por encontrar sumamente graciosa la pregunta, aunque luego se sintió molesta al no encontrar ninguna respuesta para el interrogante de su hijo.

  Este incidente ejemplifica uno de los aspectos más complejos y amenazantes de la evangelización de los niños. Al decir que éste es un tema complejo, me estoy refiriendo al hábito que los adultos tenemos de utilizar un lenguaje simbólico cuando queremos explicar el plan de salvación a los niños. Al indicar que es un tema amenazante, me refiero al hecho de que la mayoría de nosotros está tan acostumbrada a utilizar este vocabulario simbólico que no sabe qué otro usar. Está comprobado por diversas investigaciones relacionadas con el mundo educativo que el niño, hasta cumplir diez u once años de edad, piensa en forma literal y concreta. Así, el niño escucha las explicaciones simbólicas y figurativas de los adultos y hace un esfuerzo para entenderlas dentro de las limitaciones que representa su desarrollo cognoscitivo. Es decir, durante este período de su crecimiento, él entiende las palabras por las experiencias que ha tenido en cuanto al uso de esas palabras. Aún no puede hacer en su mente la transferencia de un significado por otro.

Un símbolo es el uso de algo conocido para representar otra cosa desconocida, y, por más esfuerzo que hagamos para ilustrarlo en formas concretas, el niño no lo va a entender. Por ejemplo, si utilizamos la palabra “corazón”, él va a pensar en el órgano que late en su pecho. Si decimos que Jesús viene a vivir allí, el niño piensa que Jesús debe hacerse chiquito para poder hacerlo, y debe estar parado físicamente dentro de ese órgano. Lo que no entiende es que la palabra “corazón” se refiere simbólicamente a la naturaleza espiritual de la persona, en donde radican sus pensamientos y sus emociones. Volviendo al niño que mencioné al comienzo, es lógico que él entienda que Jesús es algo así como un muñeco que ha venido a vivir como por magia dentro de ese órgano que bombea sangre en su cuerpo. Es por eso que afirmo que su pregunta no debe ser un motivo de risa, sino de examinar y mejorar el lenguaje que utilizamos para transmitir los conceptos espirituales.

 

Algunos símbolos problemáticos

Dentro de los conceptos problemáticos que transmitimos por figuras simbólicas, quiero referirme a tres: “la sangre de Cristo nos limpia de todo pecado”, “pedir que Cristo venga a vivir en tu corazón” y “recibir el regalo de la salvación”. Cada una de estas expresiones es simbólica y, por lo tanto, difícil para que el niño la comprenda. ¿Qué se debe decir, entonces? ¿O será que los niños no están capacitados para entender el plan de salvación? De ninguna manera. A través de los siglos, los niños han llegado a Cristo de muchísimos modos. Ellos se han aferrado de lo poco que pudieron entender y el Espíritu Santo ha hecho su obra y en su gracia los ha sellado para ser hijos de Dios. El Señor llegará a los niños por cualquiera de las formas que pueda utilizar. Sin embargo, si tomamos en serio el llamado que el Señor nos hace de guiar a los niños a tomar una decisión concreta para la salvación, nos corresponde a nosotros, los maestros, esforzarnos por encontrar las mejores maneras de hacerlo. Según la Palabra de Dios es algo muy serio “hacer tropezar a uno de estos pequeños” en su camino hacia Dios (Marcos 9.42).

 

La sangre que limpia

El símbolo fundamental que se encuentra en la Biblia para explicar la obra de Cristo en la cruz es la palabra “sangre”. “Dios lo ofreció como un sacrificio de expiación que se recibe por la fe en su sangre, para así demostrar su justicia” (Romanos 3.25). El niño entiende lo que es la sangre porque en diferentes ocasiones la ha visto, cuando, por ejemplo, ha sufrido alguna cortadura u otra herida, y ha visto que la sangre corre y crea manchas en la ropa. Él sabe que la sangre no sirve para limpiar algo. Entonces se le produce una confusión cuando escucha la frase que dice que la sangre de Cristo nos limpia de pecado (“y la sangre de su Hijo Jesucristo nos limpia de todo pecado” 1 Juan 1.7). Parte del problema en esto es que suponemos que las palabras bíblicas deben ser las más adecuadas para explicar el plan de salvación. Pero si estas palabras confunden a los niños, debemos buscar otros términos que sean más claros y más acordes con sus capacidades cognoscitivas. Después de todo, nuestra meta es ayudarlos a entender la verdad de Dios, y no causarles confusión en cuanto a esa verdad tan trascendental.

Sugiero que si sustituimos la palabra “muerte” por la palabra “sangre”, tenemos la posibilidad de aclarar el concepto. Podemos decir: “Jesús murió para que Dios pudiera perdonar nuestros pecados”. Por cierto, esto no cubre todos los aspectos teológicos del proceso de la regeneración, pero sí expresa un concepto más sencillo que el niño puede comprender. Me gusta cómo la Versión en Lenguaje Sencillo (Sociedades Bíblicas Unidas 2000) expresa Colosenses 1.14: “quién por su muerte nos salvó y perdonó nuestros pecados”. La palabra “muerte” evita el uso del símbolo problemático “la sangre”, pero deja en claro para los niños la importancia de la muerte de Cristo.

Dentro del contexto de esta expresión “la muerte de Cristo”, se puede aclarar el significado de la palabra “perdón”, con relación a nuestros pecados. Podemos explicarles a los niños que Dios es perfecto, que no puede tener ningún pecado y que para que nosotros seamos sus hijos fue necesario que su hijo Jesús muriera. Jesús murió para pagar el castigo del pecado que todos merecíamos. Lo pudo hacer porque él vivió en la tierra como un hombre, pero nunca hizo nada que no fuera lo que Dios quería. Nunca pecó. Así es que, cuando murió sobre la cruz, hizo posible que Dios nos perdonara todos nuestros pecados.

También conviene evitar el uso de la frase “Dios mandó a su hijo Jesús para morir por nosotros” (o por ti). A veces, están presentes niños que han sufrido maltrato y abuso por parte de personas adultas. Para ellos esta frase suena diferente y hasta cruel. Es mejor decir: “Jesús, el Hijo de Dios, vino al mundo para morir por nuestros pecados”. Esta frase aclara los puntos esenciales, sin dejar lugar para que el niño tenga interrogantes sobre la bondad de Dios.

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